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TEMA: Los dragones y la probabilidad
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Shadowblast (Administrador)
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Los dragones y la probabilidad 1 Año, 7 Meses antes Karma: 6  
Trurl y Clapaucio eran alumnos del gran Cerebrón Emtadrata,quien durante 47 años había enseñado en la Escuela Superior de Neántica la Teoría General de Dragones. Como sabemos, los dragones no existen. Esta constatación simplista es, tal vez, suficiente para una mentalidad primaria, pero no lo es para la ciencia.

La Escuela Superior de Neántica no se ocupa de lo que existe; la banalidad de la existencia ha sido probada durante demasiados años para que valiera la pena dedicarle una palabra más. Así pues, el genial Cerebrón atacó el problema con métodos exactos descubriendo tres clases de dragones:los iguales a cero, los imaginarios y los negativos. Todos ellos, como antes dijimos no existen, pero cada clase lo hace de manera completamente distinta. Los dragones imaginarios y los iguales a cero, a los que los profesionales llaman imaginontes y ceracos, no existen, pero de modo mucho menos interesante que los negativos.

Desde hace mucho tiempo se conoce en la Dragonología una paradoja, consistente en el hecho de que, si se herboriza a dos negativos (operación correspondiente en el álgebra de dragones a la multiplicación en aritmética corriente), se obtiene como resultado un infradragón en la cantidad 0,6 aproximadamente. A raíz de este fenómeno, el mundillo de los especialistas se dividía en dos campos, de los cuales uno sostenía que se trataba de la parte de dragón contando desde la cabeza, y el segundo afirmaba que había que contar desde la cola. Trurl y Clapaucio tuvieron el gran mérito de esclarecer lo erróneo de ambas teorías. Fueron ellos quienes aplicaron por primera vez el cálculo de probabilidades en esta rama de la ciencia, creando, gracias a ello, la dragonología probabilística. Esta última demostró que el dragón era termodinámicamente imposible sólo en el sentido estadístico, al igual que los elfos, duendes, hadas, gnomos, etc.

Los dos científicos calcularon en base a la fórmula general de la improbabilidad los coeficientes del duendismo, de la elfiación,etc. La misma fórmula demuestra que para presenciar la manifestación espontánea de un dragón, habría que esperar dieciséis quintocuatrillones de heptillones de años más o menos. No cabe duda de que el problema hubiera quedado como un simple curiosum matemático, si no fuera por la conocida pasión constructora de Trurl, quien decidió investigar la cuestión empíricamente. Y puesto que se trataba de fenómenos improbables, inventó un amplificador de la probabilidad y lo comprobó, primero en el sótano de su casa, luego en un Polígono Dragonífero especial (Dragoligón), subvencionado por fondos de la Academia.

Las personas no iniciadas en la teoría general de la improbabilidad preguntan hasta hoy día por qué, de hecho, Trurl probabilizó al dragón y no al elfo o al gnomo. Lo hacen por ignorancia, ya que no saben que el dragón es, sencillamente, más probable que el gnomo.

Es posible que Trurl haya querido avanzar más en sus experimentos con el amplificador, pero ya en el primero sufrió graves contusiones, puesto que el dragón, en vías de virtualización, quiso merendárselo. Por fortuna Clapaucio, presente en la experimentación, redujo la probabilidad y el dragón desapareció. Varios científicos volvieron a hacer luego los experimentos con un dragotrón, pero, como les faltaba rutina y sangra fría, una buena parte de la prole dragonera logró la libertad (no sin hacer antes a sus creadores muchos chichones y cardenales).

Se descubrió, a raíz de esos acontecimientos, que los abyectos monstruos existían de manera muy diferente de como lo hacían, por ejemplo, armarios, cómodas o mesas, ya que lo que más caracteriza a un dragón una vez realizado, es su notable naturaleza probabilística. Si se da caza a un dragón de esta clase, y sobre todo con batida, el cerco de cazadores con el arma pronta para disparar encuentra solamente un sitio quemado y maloliente en el suelo, dado que el dragón, al verse en dificultades, escapa del espacio real refugiándose en el configurativo. Siendo una bestia obtusa y de cortos alcances, lo hace, evidentemente, por puro instinto. Las personas de pocas luces no pueden entender cómo ocurre la cosa y a veces piden a gritos que se les muestre esa clase de espacio. Si se portan así, es porque no saben que también los electrones (cuya existencia no niega nadie que esté en su juicio) se mueven únicamente en el espacio configurativo, dependiendo su suerte de las ondas de probabilidad.

Por otra parte, hay quien prefiere creer en los dragones antes que en los electrones, ya que estos últimos no suelen (por lo menos cuando están solos) querer comerse a nadie.

Un colega de Trurl, Harboriceo Cibr, fue el primero en establecer los cuantos del dragón y encontrar la unidad llamada el dracónido, e incluso calculó la curvatura de su cola, lo que por poco le cuesta la vida. Sin embargo, estos progresos en la dragonología dejaban indiferentes a las masas atribuladas por los dragones. Las bestias hacían muchísimo daño pateando y quemando las cosechas y desvelando con sus rugidos a la gente atemorizada. Por si esto fuera poco, su insolencia era tan inmensa que de vez en cuando se atrevían a exigir un tributo de jóvenes vírgenes.

¿Qué les importaba a los desgraciados que los dragones de Trurl, siendo indeterministas y por tanto no locales, se comportaran conforme a la teoría, aunque en contra de toda la decencia? ¿Qué más les daba que la curvatura de la cola estuviera estudiada y calculada, si los monstruos devastaban las cosechas a golpe de cola? No nos extrañemos, pues, si la masa, en vez de reconocer el enorme valor de los extraordinarios logros de Trurl, se los reprochó. El descontento se hizo patente cuando un grupo de individuos, particularmente ignorantes en materia científica, osó levantar la mano al insigne constructor, dejándolo bastante maltrecho. Pero Trurl, respaldado por su amigo Clapaucio, persistió en su trabajo de investigación, obteniendo nuevos éxitos al demostrar que el grado de existencia del dragón dependía de su humor y del estado de saturación general.

El axioma sucesivo evidenciaba el hecho de que el único método seguro de su liquidación era la reducción de su probabilidad a cero, e incluso a los valores negativos. En todo caso, estas investigaciones exigían mucho trabajo y tiempo. Mientras tanto, los dragones ya realizados disfrutaban de la libertad aterrorizando a la gente y devastando planetas y lunas. ¡Y se multiplicaban, que era lo más terrible! El hecho dio a Clapaucio la ocasión de publicar un brillante opúsculo bajo el título de "Transmutación covariante de dragones en dragoncillos, o sea un caso particular de transmutación de estados prohibidos por la física a otros prohibidos por la policía". El opúsculo tuvo mucha resonancia en el mundo científico, donde nadie se había olvidado todavía de un dragón policial, muy famoso, con cuya ayuda los valientes constructores vengaron el infortunio de sus llorados compañeros en la persona del perverso rey Cruelio.

(Extraido de: Cyberiada, de Stanislaw Lem)
 
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